2.18.2010

「 Persistir 」

Con él va mi lucidez.



Pequeño, el meñique de su delgada mano. Delineando mis labios, de un pulso cerrado, callado. Con una calidez de fantasía muerta.

Ahora una leyenda.

Inmortalizado sobre mi toda piel, donde aquella indeleble boca depositó millones de imposibles besos; de intensidades intolerables.

Cuando no me asesinaba. Cuando él me resucitaba…

Era yo el elegido de Dios…

Dios pelirrojo, Dios pagano y seductor….


Mi Dios a fin y al cabo.

Cuando me atrapaba mirándolo de reojo, no a su boca ni a su sexo…

Sino a los ojos y directo.

Sin pestañeos coquetos, sin labia en la mirada. Jamás y para nada. Era él demasiado para semejantes brutalidades, tal barbarie…

No.

Era aquella una mirada de callada devoción irrevocable. De entendimiento absoluto. Sin ceguera de primer amor, o último consuelo.

… Él comprendía y aceptaba…

Darme algo de si, para edificarme a mí. No por falto de personalidad mía, sino porque él era parte de mi, yo lo necesitaba y él lo sabía.

Entonces….

Entonces él me abrazaba. Con ambos brazos y me acogía contra su pecho. Besaba mi pelo, mis hombros, mis dedos.

Besaba mi alma, que era cerca de mi corazón.


Él era precavido, delicado. Por que yo mismo era delicado y frágil. Como luz de luna acompañando a viajero cansado. Me otorgaba todo aquello que yo necesitara.

Espacio en su corazón
Silencio delicioso íntimo
Canciones suaves a media noche
Beso eléctrico que me diere una vida
Almohadas bajo mío para sentirle mejor…

Ah ….


Era él mi otro yo, especialmente para mi. Era yo, siendo todo aquello que el Yo débil necesitaba para sobrevivir.

Era él….

Y hoy.


El fantasma de su voz, golpeándome en las mejillas. En la nuca, en el vientre… La caída suave y larga de su cabello, sobre mi pecho, sobre mis ojos.

Con él va mi lucidez….


Hoy…  

Siempre.

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